Refugio para gays y maltratadas

Débora se llama Débora desde que tenía 17 años. Odia tanto el “nombre de chico” con el que nació hace 39 años en Honduras que no lo revela ni ante la promesa de no publicarlo. Va contando su historia en el banco de una plaza, a la sombra. Su activismo en Tegucigalpa a favor de los LGTB (lesbianas, gais, trans y bisexuales), el tiro que le pegaron -“gracias a Dios, a orillas del estómago”-, los siete meses presa, la absolución por falta de pruebas… Y se embala. Habla alto y sus gestos femeninos son más ostentosos. De repente, dice: “En mi país no puedes hacer esto, ya estarían rodeándome, insultándome”. Débora aterrizó en España en junio de 2008 con un propósito: pedir asilo. Se lo dieron en julio.

La convención de Ginebra de 1951 define a los refugiados como los perseguidos por cinco motivos: ideas políticas, raza, religión, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social. El último se convirtió en una especie de cajón de sastre, donde quizá habría entrado el caso de Débora.

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