Queremos que nuestro pasaporte argentino ya no diga más soltero

Es difícil saber quién manda en esta casa del madrileño barrio de Lavapiés. Si es Rodrigo Chiclana, que pregunta adónde ha ido a parar eso que no aparece. O si es Fernando Daubler, que busca un poco, pero sin suerte. Está claro que los dos se quieren y que, si hubieran tenido antes las normas a su favor, el álbum de la boda que sí, aquí está, llevaría una fecha más antigua que aquel 18 de noviembre de 2005.

“Ni bien se sancionó la ley, nos casamos”, empiezan a contar. A los cinco meses, más precisamente. La pequeña Caty sigue esta historia que se sabe de memoria, desde abajo del sofá de la sala. Un refugio seguro para una gatita como ella.

“Nuestro casamiento fue tomado con mucha naturalidad por parte de toda la familia”, recuerda Fernando. Hacía tres años que habían cambiado la capital argentina por la española y ocho, desde ese encuentro a la salida de un ensayo en Buenos Aires, cuando cada uno intentaba su camino por el teatro porteño. “Era todo tan reciente que la libreta de matrimonio que nos dieron todavía decía don y doña”, explican entre risas, al recordar una de las paradojas que trajo aquella conquista.

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