Tomates que saben a… nada

¿Quién no ha sentido alguna vez rabia interior en la cocina después de comprobar que un tomate sabe a… nada? La triste respuesta es la consecuencia de la degradación de la calidad de las hortalizas y las frutas durante los últimos años. Esa alarmante carencia de sabor, especialmente notable en las ciudades y sus supermercados, está justificada por las grandes cadenas de distribución como el peaje que conlleva que las verduras tengan un color y forma de libro y permanezcan frescas durante más días. Ante este deterioro de la calidad, muchos consumidores y agricultores dijeron basta y se han organizado para que las semillas tradicionales se impongan a las híbridas y así recuperar ese maltratado sentido del gusto.

“El cliente busca un color y una uniformidad y eso se consigue con estas semillas de multinacionales para que entre por los ojos. Prima lo que ves, por eso las cosas no saben, pero tiene un aspecto magnífico”, Adolfo Pastor, directivo de la multinacional Bejo, que comercializa semillas híbridas, refleja con pasmosa sinceridad la realidad del mercado que sufren -o disfrutan- sus clientes. Es decir, la inmensa mayoría de los consumidores españoles. ¿Realmente prefiere el consumidor un tomate o un melón de escaparate a uno que sea jugoso? ¿Es posible que se resigne ante la añoranza por los sabores que disfrutaba hace décadas y prefiera el despliegue de color? La experiencia diaria confirma que sí.

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